02 marzo 2004

Cosas pequeñas

El día que abolieron el silencio caminábamos por calles atestadas, mezcla de zoco callejero y centro comercial desahuciado.

Nuestro camino cruzaba una marea humana, iluminada con el rosa y azul de los neones y el naranja de las llamas que se nos burlaban desde dentro de los bidones oxidados.



Todo el mundo nos ofrecía algo. O nos lo pedía, con un rutinario y frenético interés. Ajenos a sus llamadas, pasábamos delante de sus ojos sabiendo que el tiempo que les costaría olvidarse de nosotros sería exactamente dos segundos y cuatro décimas.

Recuerdo que sabíamos desaparecer, haciéndonos de sombra y asfalto, cubriéndonos del más espeso velo de anonimato. Recuerdo que tú me enseñaste a hacerlo.



Yo caminaba con las manos en los bolsillos de mi chaqueta de piel oscura. Te miré de reojo, caminando segura con la mirada posada a tres metros delante de tus pies. No necesitábamos hablar cuando caminábamos porque siempre que lo hacíamos las palabras se nos quedaban pequeñas.



Nuestra ruta nos alejó del grito frenético y del olor a grasa y a plástico. Cruzamos la calle y un gato hizo amago de acompañarnos pero pronto desistió, quizás desanimado por la humedad que lo impregnaba todo.

Pasamos junto a un enorme cartel iluminado, donde la fotografía de un hombre trajeado nos dedicaba una sonrisa de retoque fotográfico. Una sonrisa calculada, perfecta y vacía Lo dejamos atrás en trece segundos y nueve décimas .



Pasamos junto a un parque desierto y nos paramos a mirar como ardían los columpios.

Cuando sólo quedaban cenizas, te pusiste de cuclillas, observando una cabeza de muñeca chamuscada y ya sin pelo. Me miraste inquisitiva.



“¿Qué ha sido de las cosas pequeñas?”



Me encogí de hombros, pero no necesité contestar. Tú te incorporaste, y seguimos nuestro camino.

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