25 septiembre 2016

Cosas que reparas

Sobredosis de nostalgia.
Recuerdo tener diez u once años y veranear en un chalet en la periferia de mi ciudad. Si te paras a pensarlo, "periferia" es una palabra decididamente adulta, la cabeza de un niño no entiende de mapas ni distancias.
Diez o veinte kilómetros pueden ser un trayecto breve para un padre pero suponer un teletransporte, un viaje a otro universo a los ojos de un niño. Recuerdo el lugar, nunca he vuelto allí desde entonces, podría pero prefiero no hacerlo, con mis ojos de adulto estoy seguro de que restaría  épica a las  muchas aventuras que pasé en esas extensas pinadas, que yo transformaba en mi cabeza en bosques legendarios.

Recuerdo esos largúisimos veranos de bicicleta y cine de verano, de hamacas, de bocadillo en papel de albal y de camisetas de publicidad. De cocacola y fanta, siempre con azucar, de cumpleaños, de flashes y frigopiés.  Recuerdo las cosas triviales que me importaban, como poner en la barra de mi bicicleta una enorme palanca de cambio de tres marchas, la absurda e inútil moda de ese verano.

Recuerdo al señor grunón de un chalet cercano que nos arreglaba las biciletas por unas pocas monedas, en un acto de altruismo disimulado. No recuerdo cómo dimos con él, entiendo que por medio de nuestros padres, pero recuerdo que todos los niños de la urbanización ibamos en procesión diaria a su chalet a engrasar cadenas o reparar pinchazos. Y él nos recibía con cara de pocos amigos, colgaba nuestras bicicross o motoretas de unos alambres y las arreglaba con una pericia casi sobrenatural.

Su casa era una colección de plantas bien cuidadas, y anarquía bien entendida, de aparatos reparados y de maña de antaño, de la de antes de que los repuestos vinieran de china. He tardado años en darme cuenta de que ese jubilado, antiguo mecánico,  tomaba nuestras pocas monedas como un pretexto para mantenerse ocupado y su mujer, paciente, sabía que era mejor tenerlo una mañana tensando radios de llantas que todo el día lamentándose de no tener nada que hacer.
Recuerdo que le faltaba el pulgar de una mano y en su lugar tenía un muñón curtido y moreno que me hipnotizaba cuando lo veía trabajar.

Recuerdo tocar a su campana y decirle que necesitaba que me montara un cambio de tres marchas en la bicicleta. Recuerdo como me miró un largo rato, esperando a que me diera cuenta de algo que ahora entiendo, y me preguntó "¿pero tú eso para qué lo necesitas?" Recuerdo balbucearle que para subir algunas cuestas (cosa que no era cierta, el cambio de tres marchas, como muchas otra idioteces, era una efímer señal de estátus en mi urbanización). Recuerdo que, sin esperar a mi respuesta, me cambió el piñón de la bicicleta para que no me costara tanto pedalear y no me quiso cobrar nada.

Meses después volví por otra trivialidad a su casa y su mujer me dijo que él ya no estaba. Me fui fastidiado sin entender realmente lo que me estaba explicando. En ese momento no sospeché que ese señor del que tan poco conocí me había enseñado tanto. Que son pocas las cosas que necesitas. Y que las cosas son más tuyas y bellas cuando las reparas.

Cosas que reparas

Sobredosis de nostalgia.
Recuerdo tener diez u once años y veranear en un chalet en la periferia de mi ciudad. Si te paras a pensarlo, "periferia" es una palabra decididamente adulta, la cabeza de un niño no entiende de mapas ni distancias.
Diez o veinte kilómetros pueden ser un trayecto breve para un padre pero suponer un teletransporte, un viaje a otro universo a los ojos de un niño. Recuerdo el lugar, nunca he vuelto allí desde entonces, podría pero prefiero no hacerlo, con mis ojos de adulto estoy seguro de que restaría  épica a las  muchas aventuras que pasé en esas extensas pinadas, que yo transformaba en mi cabeza en bosques legendarios.

Recuerdo esos largúisimos veranos de bicicleta y cine de verano, de hamacas, de bocadillo en papel de albal y de camisetas de publicidad. De cocacola y fanta, siempre con azucar, de cumpleaños, de flashes y frigopiés.  Recuerdo las cosas triviales que me importaban, como poner en la barra de mi bicicleta una enorme palanca de cambio de tres marchas, la absurda e inútil moda de ese verano.

Recuerdo al señor grunón de un chalet cercano que nos arreglaba las bicicletas por unas pocas monedas, en un acto de altruismo disimulado. No recuerdo cómo dimos con él, entiendo que por medio de nuestros padres, pero recuerdo que todos los niños de la urbanización ibamos en procesión diaria a su chalet a engrasar cadenas o reparar pinchazos. Y él nos recibía con cara de pocos amigos, colgaba nuestras bicicross o motoretas de unos alambres y las arreglaba con una pericia casi sobrenatural.

Su casa era una colección de plantas bien cuidadas, y anarquía bien entendida, de aparatos reparados y de maña de antaño, de la de antes de que los repuestos vinieran de china. He tardado años en darme cuenta de que ese jubilado, antiguo mecánico,  tomaba nuestras pocas monedas como un pretexto para mantenerse ocupado y su mujer, paciente, sabía que era mejor tenerlo una mañana tensando radios de llantas que todo el día lamentándose de no tener nada que hacer.
Recuerdo que le faltaba el pulgar de una mano y en su lugar tenía un muñón curtido y moreno que me hipnotizaba cuando lo veía trabajar.

Recuerdo tocar a su campana y decirle que necesitaba que me montara un cambio de tres marchas en la bicicleta. Recuerdo como me miró un largo rato, esperando a que me diera cuenta de algo que ahora entiendo, y me preguntó "¿pero tú eso para qué lo necesitas?" Recuerdo balbucearle que para subir algunas cuestas (cosa que no era cierta, el cambio de tres marchas, como muchas otra idioteces, era una efímer señal de estátus en mi urbanización). Recuerdo que, sin esperar a mi respuesta, me cambió el piñón de la bicicleta para que no me costara tanto pedalear y no me quiso cobrar nada.

Meses después volví por otra trivialidad a su casa y su mujer me dijo que él ya no estaba. Me fui fastidiado sin entender realmente lo que me estaba explicando. En ese momento no sospeché que ese señor del que tan poco conocí me había enseñado tanto. Que son pocas las cosas que necesitas. Y que las cosas que reparas siempre se vuelven más bellas.


20 mayo 2015

Una especie de certificado

"No soy un robot". Marcas la casilla y rellenas el campo de texto con las cifras borrosas que se adivinan en la diminuta imagen para poder continuar. A veces, cuando estás cansado,  cuesta más acertar y tienes que hacer algunos reintentos que solucionas de manera casi inconsciente, con una destreza mecánica bien entrenada.

"No soy un robot" -lo pone arriba bien claro-  aunque en tu torpeza empiezas a dudarlo, y convertido el asunto casi en una cuestión de orgullo  escudriñas la maraña de pixeles cada vez más pegado a la pantalla. Y cuando por fin la clave es aceptada por la remota y exigente entidad sintética que se ha erigido en momentánea evaluadora de lo humano de tu condición,  casi suspiras. Y se te concede el premio de visitar la siguiente pantalla.

Algunos días torcidos desearías que ese aprobado en el examen de humanidad fuese algo más que un mecanismo anti-spam.  En esos días raros querrías que "no soy un robot" fuera un alegato tajante, la confirmación de algo que venías sospechando pero que no tenías totalmente claro.  Una especie de certificado.

22 febrero 2015

Manifiesto nocturno y nihilista

En el mundo que habitamos todas y cada una de las malas ideas que pueden ser han sido pensadas antes que tú. Las buenas también, tengas un hijo o plantes  un árbol. Y ser malo, muy a tu pesar, tampoco te hace especial: todo el daño que puedas tu hacer ha sido hecho y olvidado, han ardido capitales y se han quemado bibliotecas por menos motivos de los que tu piensas. Nada te hace distinto por pensar algo inesperado porque el tiempo que tienes no es tuyo: te ha sido prestado y no te han dicho por cuanto. Y lo que hagas con él, a largo plazo (y en mi opinión) no es que importe
demasiado.

27 noviembre 2012

Lemmini

Con los años refino mi colección de costumbres potencialmente autodestructivas: esta noche he disfrutado preocupantemente de un breve paseo nocturno en moto por la ciudad, bajo la lluvia.
Hacía frio, y un halo de gotas en aparente suspensión resplandecía en torno a la luz de las farolas. Las calles estaban desiertas. Circulaba por el centro exacto de la calzada. El asfalto mojado estaba inusualmente negro y limpio, como de ciudad nueva. Centenares de gotas microscópicas aparecían de la nada iluminadas por el faro, y brevemente visibles, avanzaban hacia mí trazando un trozo de espiral antes de precipitarse contra la visera del casco.

18 noviembre 2012

Miope

Me gusta que seas miope, que me mires a lo lejos, como buscándome un horizonte.

26 agosto 2012

Los septiembres

Soy en general rehacio a los septiembres. Hay algo en las vueltas reencuentros y rearranques que me enferma. Me quedo con la urbe solitaria y sobredimensionada. Con las calles desiertas. Con el vacío de los aparcamientos. Con esa sensación de espera. No es que no quiera que todos vuelvan. Pero cuando lo hagan yo quiero estar lejos, es sólo eso.

11 julio 2012

Deberíamos ser artistas

Y lo digo en general porque el consejo vale para cualquiera.
Ahora que parece que el cielo se cae sobre nuestras cabezas y que valemos menos de lo que pensábamos. Ahora que somos culpables de haber existido. Ahora que todos los dias comprobamos que tanto hormigas como cigarras arden en el incendio.

No hablo de lentejuelas ni de aplausos, hablo sólo de hacer algo. Algo que nos conmueva y nos quite el sueño. Algo que no sea lógico ni aconsejado. Algo que nos robe las horas y que no de dinero, y que aun así nos importe un carajo.
Deberíamos poder soltar un rato esa íntima mochila de mierdas que todos cargamos y, aupados en ella, mirar hacia arriba y recrearnos en el sencillo placer de crear algo.

31 mayo 2012

Al final no era lo mismo en chino crisis y oportunidad

Una leve fobia al vacío nos aguarda cuando el pasillo al tenemos los pies acostumbrados se transforma en cielo abierto, cuesta vencer el vértigo e improvisar la caligrafía manteniendo rectos los renglones donde ya no están sus guías.
Al final no era lo mismo en chino crisis y oportunidad; fue todo un bulo provocado por un mala traducción y lo ambiguo de los pictogramas.
Los filólogos lo saben desde hace tiempo pero no han querido decirlo hasta ahora porque creo les daba ternura ver lo contentos que nos decíamos la frasecita y vestíamos esa invisible cota de malla trenzada de optimismo e ingenuidad que nos hacía -a nosotros y a los chinos-  inmunes a las balas de la desgracia.
El caso es que los chinos también lo pasan mal cuando las cartas vienen mal dadas. Han perdido en el proceso su aura de mística perseverancia y han ganado unos gramos de la humanidad más imperfecta y verdadera.
Las crisis no son un gusto para nadie a no ser que ocurran en un establo y de todos tú seas el animal con los dientes más afilados. Si te toca estar del otro lado, no vale la pena buscar el libro de reclamaciones ni preguntar el procedimiento de evacuación: no hay remedio mágico, no hay ningún plan que sea eterno y los mapas que seguíamos hace tiempo que quedaron obsoletos.

Hay que descalzarse para notar el suelo. Será cuestión de observar y de improvisar.


21 mayo 2012

El ejercicio de la ausencia

La medida y el alcance de tu espacio en el planeta se mide por lo hondo del hueco que les queda a los demás cuando no estás. Es una cosa jodida que el sistema de medida requiera del ejercicio de la ausencia, es como romper una botella para saber cuanta agua lleva. Y no deja de ser una ironía que las respuestas con el resultado se envíen a todos los demás pero tú nunca seas el destinatario. Echar de menos no es malo, lo malo es sentirlo y no contarlo.
En eso creo que el universo castiga a los callados.