Te juro que lo intenté. Estudiar lo que aprobaba con facilidad, y no lo que me gustaba. Corresponder a quien me quería bien y no a quien me hacía encanecer.
Pero las cosas no siempre funcionan así, al menos no para todos, y seguro que no para mí. Es la suerte de los que podemos acelerar pero no sabemos cambiar de carril.
¿Y si las cosas no saben o huelen como debieran?¿ Y si alguien te decepciona hasta el punto en el que piensas que no es culpa suya, si no de tí mismo y de de tus expectativas torcidas?¿Qué haces, entonces?¿A quien protestas?¿Hay árboles suficientes para tantas hojas de reclamaciones desahuciadas?
Muchos matemáticos adoran los problemas irresolubles, o quedan hipnotizados por lo caótico e infinitamente impredecible de la secuencia de los decimales de algunos números.
A mí me pasa algo parecido, pero con las personas.
Creo que eso es lo más cerca que voy a estar nunca de ser un matemático.
Me reinvento a base de buenos propósitos difíciles de cumplir unas trescientas sesenta y seis veces al año.
Hay días en los que se me despereza el perro, no estoy por la labor de hacerlo y luego, obviamente, se me amontona la faena y tengo que apretar para cumplir la cuota.
Es duro querer ser una persona diametralmente distinta dos o más veces al día.
Esta tarde mientras trabajaba en mi estudio han entrado en mi terraza tres tíos vestidos con chándal y esas riñoneras que ya sólo llevan los turistas del este y los policías de paisano.
Tras identificarse con sus correspondientes placas y preguntarme si la terraza era comunitaria -supongo que para evitarse invadir una propiedad privada- me han pedido que les dejara estar allí un rato. Les he dicho que sin problemas y me he reprimido las ganas de ofrecerles un martini a ver qué me respondían. Los chavales, majos pero un poco sosos, no me han aceptado ni un vaso de agua.
Se han puesto observar atentamente la calle, parapetados. Anotaban matrículas y descripciones, identificando a los reyezuelos efímeros del menudeo de costo de mi barrio, y también tomándoles fotos y lo cantaban todo por sus walkies a sus compinches uniformados.
Después de tres cuartos de hora de alfatangobravo se han levantado, me han dado las gracias y se han largado.
He salido a la terraza y atardecía ya de largo. Algunas gaviotas de costumbres migratorias un poquito urbanizadas volvían cruzando el cielo de su cotidiano atracón en el vertedero de un pueblo cercano. Me he preguntado si aún se acordarán de pescar, quizás su generación vivió siempre de basura y nunca lo necesitaron.
La incursión policial sido tan surrealista y había dejado tan poco rastro que al cabo de dos minutos he pensado que quizás me la había imaginado. Estaba ya casi convencido de eso cuando dos coches patrulla han entrado con las luces girando al cruce de abajo y han comenzado a pedir documentaciones a mansalva.
A treinta metros por encima de mi cabeza he escuchado un graznido que parecía expresar cansancio, hartazgo y ganas de llegar a la playa para descansar un rato las alas. Las diez o quince compañeras que compartían formación han callado, no sé si por darle la razón o por puro cansancio.
Llueve tanto y tan seguido que más que tamborilear parece que cantan las gotas sobre las tejas una sola nota sostenida.
Llueve tanto y tan seguido que el suelo se tapa con mantas de agua y los desagües sobrepasados dibujan espirales en la superficie, indicando el lugar donde antes estaban. Llueve tanto y tan seguido que el coro de diminutas explosiones, ondas y burbujas que tapiza el suelo de la terraza suena más alto que mis pensamientos.
Y agradezco ser relegado al rol de simple testigo de algo tan grande y tan pequeño, tan cotidiano y tan hermoso que merece la pena dejarle un hueco y perder el tiempo dejando de ser yo por un rato.