jueves, febrero 26
Accidentes laborales
A veces no me acuerdo de quien soy. Como es dificil extrañar algo que has olvidado, esos días tampoco me preocupo demasiado. En esos ratos sonámbulos soy una bala en pleno vuelo, preguntandose si no era ella la que antes apuntaba y disparaba. Y veces eso me molesta, y cuando eso pasa me concentro en recordarme, aunque sea por un rato. Y justo cuando llega el recuerdo en ciernes, zigzagueando, cuando me tengo en la punta de la lengua, pasa algo: suena el móvil, ladra un perro, o una persona, y el mundo gira sobre sí mismo uno o dos grados más, pesados e inevitables. Y el chirrido de su eje me repesca cuando ya casi sacaba la cabeza. Devolviendome a mi amnesia y borrando de mi cabeza el hecho no por olvidado menos cierto de que... a veces no me acuerdo de quien soy.
jueves, febrero 19
Y a mí también
Hoy, en una reunión, un señor con cara de iluminado que hablaba muy rápido vino a explicarnos que el futuro de Internet era el facebook, las redes sociales, la web dospuntocero, y demás topicazos fusilados de la prensa del sector. Cuando la perorata de un interlocutor es tan prescindible y se vuelve tan soporífera, es necesario inventar recursos para evitar bostezar delante de él. Y es que esto es importante: bostezar está mal visto. Y nunca he entendido porqué. A mi personalmente me encanta que me bostecen, y más en la cama. Pero tal vez no era ese el momento, el lugar, y muchísimo menos la persona adecuada para ese tipo de bostezos. El caso es que he intentado concentrarme en mi interlocutor y no he podido evitar fijarme en su flequillo, fruto bastante evidente de un implante capilar. Era un nacimiento del pelo fabulosamente rectilíneo. Como una de esas fronteras estadounidenses trazadas con tiralíneas en un plano, que no corresponden al dibujo de ningún río ni cordillera . Pero también era etéreo, casi translúcido, como dibujado a carboncillo. Un gradiente uniformemente perfecto de lo árido a lo tupido en poco más de dos centímetros.. O como estar en la linde de un bosque de película, con ese manto de fría bruma invadiendolo todo, decidiendo si adentrarse o no, imaginando qué misterios encerrará... Poco a poco me ha ido hipotizando esa última frontera capilar, esa colección de mechones tan bien domesticados, hasta el punto de que he sentido la irrefrenable necesidad de levantarme para alcanzarlo y tocarlo, estirarlo, estrujarlo, sopesarlo, comprobar cual era su textura, si estaba frío o templado y a qué olía, si olía a algo. Intuía que el hacerlo podría traer consecuencias incómodas, pero no parecían tan malas opción a cambio de satisfacer esa repentina y poderosa necesidad. He combatido mi irracional curiosidad durante un par de minutos que se me hacían eternos, y estaba a punto de dejarme llevar y ceder a mi recién estrenada obsesión hasta que un inesperado silencio en la sala me ha devuelto a la realidad. Un breve vistazo a mi alrededor me ha hecho entender que mi interlocutor esperaba respuesta a una pregunta que me había hecho, y los otros compañeros me miraban interesados en la respuesta. He contestado que "Sí", evidentemente. Pero todavía no sé a qué. Pero a él le ha valido. Y a mí también.
sábado, febrero 14
Stop
Hoy un agente de paisano en un control rutinario me ha retirado el carnet de conducir mi estado de ánimo. Dice que andaba haciendo el loco, circulando en contrasentido y atentando contra los viandantes y el mobiliario urbano. Y un servidor se ha quedado indocumentado, pedaleando a todo pulmón, sin tener ni puta idea de adonde apunta el manillar. La típica situación que, recordada dentro de un tiempo, tendrá un punto divertido. Y doce o diecisiete más, de los que requieren sutura.
jueves, febrero 12
Mañana empiezo mis memorias
Lo he decidido hace un rato, fregando los platos. Mi relato llegará pronto al presente, porque pienso ser terriblemente selectivo en lo que escoja para ser recordado; Me parece antiecológico llenar hojas y hojas de intimas rutinas y nimiedades que a nadie interesan. Probablemente despache el periodo desde mi nacimiento hasta el día hoy en media página, y eso con letra del doce y doble interlineado. A partir de ahí, pienso inventarme el resto con todo descaro, metiendo viajes, misterio, aventuras, amores y traiciones hasta llenar un tomo bien consistente y variado. Y así pasado mañana, cuando me levante, lo único que tendré que hacer abrir por la página marcada, y seguirlo a pies juntillas. Así que no se extrañen, si de ahora en adelante, cuando hablen conmigo les leo el pensamiento o les termino todas las frases. O si me toca una loto del quince, y no vuelven a verme el pelo.
martes, febrero 10
Nemo
Me he improvisado un barco atando unos cuantos propósitos desahuciados, una o dos consistentes decepciones y un fallido intento de mejorar algo importante, que suelo coger de una esquina y usar de timón para tenerlo bien vigilado. Con tales materiales, como podrán entender, por muy buen ingeniero naval que uno sea , la cuestión es cuanto tiempo tardará el barco en hacer aguas y llevarte al fondo de cabeza. Pese a todo he de admitir que una vez abajo, entre medusas y redes de arrastre, el navío ciñe medianamente bien, corta las corrientes con relativa facilidad y te lleva a los sitios de una forma bastante discreta, por debajo del chapoteo de la gente del exterior. Lo cual no lo hace una mala opción, si no te gusta la gente, no te importa mojarte, oler a pescado, estar perpetuamente resfriado, y no ser invitado jamás a las cenas de etiqueta que celebran en el club náutico.
domingo, febrero 1
Eclipse anular
Era el de Domingo Futil un don que acompañaba una maldición. A determinadas horas, y en algunos lugares, Domingo irradiaba de manera involuntaria un encanto personal tan potente y omnidireccional como la luz de una supernova. Lamentablemente, la portentosa nariz de Domingo Futil ocluía dicha radiación en la dirección a la que miraba, en una extraña e irónica suerte de eclipse anular. No era por tanto de extrañar que Domingo acabara con los bolsillos repletos de papeles arrugados , con los números apuntados de dos bailarinas de ballet, el de un bombero dicharachero, los de un lanzador de cuchillos de gira itinerante y el de su amiga y antigua amante, una vedette de varietés que cantaba lánguidas baladas en alemán en las tabernas de los puertos. Tenía el número de todo el bar, menos el de la chica de su interés, que sólo sintió algo por Domingo durante el instante en que éste se giró, cogió la puerta y se marchó.
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