Cosas que pablo no sabe
 







Canciones

sábado, octubre 29

 

PGEMAPNSMBQ

Alguien anónimo decidió fundar el Partido de la Gente que Echa de Menos Algo Pero No Sabe Muy Bien Qué.
Un partido sin programa, ni candidatos, ni carteles ni mitines ni logotipos. Sin think thanks ni grupos mediáticos afines. Sin doctrina ni credo.

Ni que decir tiene quen el PGEMAPNSMBQ arrasó en las siguientes elecciones.
La vida era más o menos lo mismo, pero los telediarios se llenaron de noticias de verdad.

martes, octubre 25

 

Superpoderes, aristocracia y bicicletas.

Los superhéroes nacen o se hacen. A mí siempre me cayeron mejor los que se hacían. Ya fuera a través de alguna experiencia traumática o por exposición prolongada a radioactividad (lo cual tampoco debe ser un plato de gusto).
Me parece tremendamente clasista que un papanatas nacido en Kripton caiga en nuestro planeta y ya desde bebé tenga todo tipo de poderes fabulosos. Reclamo el derecho de cualquier hijo de vecino a salvar el mundo.
Esas cosas influyen en el carácter de uno. Yo personalmente no me dejaría salvar por un nenaza de buena cuna con caracolillo engominado por muchas vigas de acero que pudiese doblar con el meñique. Es una cuestion de coherencia y de principios. Hacen falta superhéroes de clase media, fumadores y malhumorados. En ese sentido siempre me ha encantado uno que tiene patillas, uñas metálicas y muy mala leche.

Todo esto me viene a la cabeza porque hoy he descubierto que soy capaz de dormir e ir en bicicleta al mismo tiempo. Todavía no entreveo el destino que me va a deparar el ser poseedor de tamaño superpoder. He decidido permanecer expectante y refugiarme en mi identidad secreta hasta encontrar a un supervillano merecedor de ser atropellado por un ciclista sonámbulo.
Shhh. Guardenme el secreto.

miércoles, octubre 19

 

Supermercado

La otra tarde en el pasillo del supermercado un poeta andrajoso me asaltó surgiendo de entre los sacos de arena para gatos. Tiró de mí manga y me introdujo en su refugio invisible hecho de cajas de dixan y sillas de jardín de exposición.
Me pidió silencio con un gesto y se puso a espiar el exterior con aire preocupado. Como no tenía nada que hacer, me quedé con él e imité todo lo que hacía.
Espiamos a las señoras que sisaban cosméticos. Aterrorizamos a los reponedores con una lluvia de caramelos pez e hicimos resbalar al jefe de tienda untando el pavimento con jabón de marsella.
Comimos atún en aceite vegetal y galletitas saladas, y disuadimos a un adolescente de comprar bollería industrial ululando gemidos de ultratumba.
Se me pasó el tiempo volando y pronto llegó la hora de irme. El poeta andrajoso me regaló un bote de aceitunas y me aconsejó no fiarme nunca de las ofertas de tres por dos.

Volví más veces al supermercado pero nunca lo volví a ver. Ahora compro en el ultramarinos. No me divierto tanto pero está todo más bueno.

miércoles, octubre 12

 

He inventado la rueda

En los lugares donde no hay ni una rayita de cobertura en el teléfono, los pájaros no necesitan mover las alas para sostenerse trazando arcos a cientos de metros encima de tu cabeza.
Y puedes escuchar el ruido que hace el suelo cuando roza con el viento.
Y si te quedas de pie encima de una piedra, bajo un cielo tan ancho que no te cabe en un sólo recuerdo, te entran ganas de gritar para ver qué te responde.
Pero ese silencio perfecto y viejo no es tuyo, y al darte cuenta se te quitan las ganas de romperlo.

viernes, octubre 7

 

La hora de Sato y Cantone

Nunca antes habían hablado ni se conocían.
Pero de alguna manera ambos se sintieron atraídos hasta ese lugar tan lejano para ambos, hasta el punto de dilapidar sus ahorros en el viaje sin saber muy bien porqué.
En el patio interior del desvencijado hotel tunecino se respiraba un aire de agradable abandono. Ambos compartían mesa, pese a que no había más clientes en el lugar.
El nonno Cantone, de 97 años de edad y natural de Calabria, sacó de la maleta de piel agrietada una botella de Grapa.
El venerable señor Sato, de 101 años, y recién llegado de su Okinawa natal, deshizo un hatajo de paños que resultó ser una botella de sake.
Ambos sirvieron un vaso.
Sake para Cantone. Grapa para Sato.
Saborearon los licores y se dedicaron una sonrisa cómplice y algo cansada. Ambos se sabían fuera de su tiempo, y ese forzoso exilio del ahora les hermanaba y hacía cercanos.
Se levantaron sin más, no sin antes despedirse con una repetuosa inclinación de cabeza y subieron silenciosamente a sus respectivas habitaciones.
Ambos murieron esa noche mientras dormían. Fueron encontrados por el servicio de limpieza tumbados en sus camas perfectamente arregladas.

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