Cosas que pablo no sabe
 







Canciones

jueves, julio 21

 

Zumos de frutas

El otro día fuí a trabajar somnoliento con la intención de no beber café. Así que para compensarlo bebí tal cantidad de zumos de frutas con ginseng y guaraná que cuando fui a coger el tren de vuelta estaba tan exultante de energía que decidí correr a su lado en lugar de subirme en él.
Llevaba ya cuarenta y dos kilómetros trotando cuando me aburrí y decidí sentarme en medio de un inmenso arrozal tapizado del verde más intenso que uno se pueda imaginar.
El horizonte estaba tan recto y tan lejos que si me ponía en cuclillas mi mirada atravesaba el campo durante kilómetros y kilómetros rozando con la panza las puntas aún tiernas del cereal, que apuntaban al cielo mecidas una brisa suave e indecisa. Una brisa juguetona e indolente. Una brisa irresponsable y carente de todo propósito de convertirse en viento o cualquier otra cosa. Una brisa merecedora, por otra parte y debido a éstas y muchas más razones, de mi más sincera envidia.
El cielo se puso marrón, luego naranja y luego rosa. Finalmente, no contento con ninguna de las opciones decidó teñirse de todos estos colores, a jirones tornasolados que competían entre ellos por hacer la espiral más intrincada.
Me dio la sensación de que los efectos del zumo convertían mis ojos en cámaras de cine y que cualquier mirada que dirigiera a algo adquiría al instante tintes de composición fotográfica.
Contento con mi nuevo don me dediqué a recorrer los pueblos medio abandonados llenos de coches desmembrados que se oxidaban en las cunetas. Buscando rincones insólitos y ángulos peculiares que registrar con mi nueva mirada, impresionando con la retina una película que sólo yo podría ver despues...
Luego un golpe seco me hizo abrir los ojos y me incorporé en el asiento tapizado con una sufrida tela gris estampada, y observé como la gente salía del vagón, en la estación de destino.

O no.
O no me dormí.
O no desperté.

martes, julio 12

 

A rastras con todo

Realizar una mudanza completa es una tarea que exige en primera instancia un completo autoexamen.
Si no puedes llevartelo todo, sólo un análisis metódico y exhaustivo de la matería última de la que estamos compuestos en ese instante nos dará la lista de las cosas que podemos dejar y las que necesitamos llevar con nosotros.

Los que no tenemos tiempo o ganas para esas chorradas inventamos métodos rápidos para atajar ese tipo de decisiones. Últimamente me da por pensar que lo mejor es dejarlo caer todo por la ventana. Una vez vacío el piso sólo quedaría bajar a examinar la montaña de escombros de la acera y rescatar lo que aún quedara intacto.
Eso haría a los habitantes de los pisos altos personas menos dependientes de lo material, supongo.

Cojines y ropa nos acompañarían a todos nuestros hogares.
Intérpretes de piano y coleccionistas de porcelana de Lladró serían los peor parados.

Nunca llueve a gusto de todos.

jueves, julio 7

 

Suma y sigue

Esta mañana los telediarios insisten en recordarme que lo que pensé anoche voy a seguir pensandolo mucho tiempo.

Que se vayan a la mierda los indios y los vaqueros, los moros y los cristianos, el eje del bien, el eje del mal y cualquiera que piense que matar es medio válido para legitimar una idea.
No conozco una sola persona que no desee vivir tranquila, eso debería estar por encima de todo.

No me da para una reflexión más profunda.

miércoles, julio 6

 

Prozac TV?

"La revuelta de París se tornó inesperadamente violenta.
La familia real fue encarcelada, y el rey, expuesto a los abucheos de los miles de personas que abarrotaban las calles, fue ejecutado públicamente."

"La tradicional niebla londinense se produjo con la llegada de la revolución industrial.
A finales del siglo XIV una peculiaridad atmosférica concentró de forma anormal durante dos semanas las toxinas de las fábricas en el aire. Sólo cuando el humo desapareció se hicieron patentes las consecuencias de la llamada Niebla Asesina. Se registraron cuatro mil muertos en una semana."

"De la economía de la miseria se pasó al superávit. Y del superávit, al lujo. A medida que abrazamos nuevas tecnologías, nuestro apetito de energía se vuelve más insaciable. En las pasadas dos décadas hemos multiplicado nuestro consumo energético diez mil veces."

"Compré este Lincoln Continental que fue de Jane Mansfield por un millón de dólares porque ella lo usó, y si me siento al volante siento que su espíritu está aún aquí. Es lo que creo."

Esta noche gracias a tres documentales he constatado que aparte de su talento natural, la humanidad tiene un impecable currículum en lo que a sinsentidos se refiere.

Y yo lo que quería era evadirme...

lunes, julio 4

 

Delegar responsabilidades...

Oh milagro.
Según las SGAE, si ahora mismo me cagara en la santa madre de todos mis fieles lectores, la responsabilidad de tal agravio sería de la empresa que aloja mi web, y supongo que de mi proveedor de contenidos del blog.
No es que la SGAE se haya erigido en sacrosanta defensora de la figura maternal, sino que desde hace algún tiempo surgen bitácoras que ejercen cierta presión mediatica en su contra, incitando al peligroso pensamiento independiente. Vil impunidad. A alguien habrá que meter en la cárcel.
¿Qué tal al que aloja la web?
Parece que la judicatura les da la razón.
A mi me parece genial esto. Ahora soy libre de cagarme en la madre de quien guste. Hasta ahora obviamente no lo hacía por temor a las represalias legales.
Sólo desearía que esta firme creencia en la jerarquía de responsabilidades se contagiara a otros lares.

viernes, julio 1

 

La putada de morir una tarde de Junio

Bajé al andén extrañado por ser el "Anden Dos" donde el tren estaba esperando, y no el "Uno" acostumbrado. Apenas estuve en el andén advertí las decenas de miradas sobre mi cabeza, que, desde la barandilla de la altura superior al andén, apuntaban al final de este.Me giré y pude divisar a dos sanitarios con chalecos reflectantes, un revisor, y dos policías nacionales que envolvían la zona con precinto policial.
Y , entrevista bajo sus pies, una forma humana en el suelo envuelta en plástico con cremellera.
Se me acercó un revisor con cara de "no hay nada que ver", cosa con la que estuve de acuerdo. Me subí al tren. Una sóla pregunta, antes del cierre de puertas: el cómo. El viajero sufrió un infarto, fue instantáneo, no hubo nada que hacer.
El tren arranca. Me siento, abro el libro y comienzo a pasear automáticamente mis ojos por las líneas, sin leer realmente. Me pregunto si alguien en ese momento esperaba con impaciencia a este hombre que ya debía retrasarse casi una hora. Un café con un amigo, una firma notarial, tal vez le fuese a recoger su esposa en la estación de destino. Minutos extraños pero cotidianos en los que la otra persona se preguntará ingénua "Siempre igual ¿qué estará haciendo?".
La putada de estas cosas es que la muerte de verdad no es como la de las películas. No se espera a que ates cabos, a que cierres los temas pendientes, a esa disculpa necesaria o ese resarcimiento postergado.
Aparece y de golpe desencaja las previsiones y los proyectos. Los objetivos a largo plazo y las cosas sencillas que pensabas hacer esa misma tarde.

Es importante tener proyectos e ilusiones. Pero lo más importante es abordarlos: hay cosas que no esperan.

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