Cosas que pablo no sabe
 







Canciones

lunes, septiembre 24

 

Tokyo subway

Usted se rió de Taro Yamada.
Usted, su vecina, sus compañeros de trabajo y también yo, por supuesto.
Taro Yamada era el niño de dieciocho meses que daba cabezadas de puro sueño mientras sus padres, aguantandose la risa, grababan su adormilamiento con la cámara de video familiar.
Ese bebe cabezón, el que terminaba durmiendo con la frente pegada al suelo.
El mismo cuyas imágenes se propagaron por todo el mundo, en programas de vídeos pretendidamente divertidos en los que se premiaba al padre más avispado en el arte de captar el batacazo del retoño, cuñado o suegra en la reunión familiar de turno.
Y no me salga con el cuento de que usted ese programa no lo vió.

Taro Yamada no le perdonó. Ni a usted, ni a su vecina, ni a sus compañeros de trabajo. Ni a mí, por supuesto.

Taro Yamada creció. Y ahora es un adolescente flaco y malcarado, que fuma indolente mientras se suelta el nudo Windsor de su estricto uniforme escolar.
Y sepa usted que nos odia a todos. Y desea vengarse. Lo piensa todos días cuando mastica sus fideos en el comedor del colegio mayor. Y también cuando espera al metro en la parada de Toei Shinjuku.

Es en esos momentos de anonimato e introspección en el vagón abarrotado, donde más cerca está de su revelación. De tener la idea, de hallar los medios de hacernos pagar nuestra afrenta y obtener su justa retribución.

Pero afortunadamente para usted, para su vecina, y sus compañeros de trabajo (y también para mí, para qué negarlo) cuando Taro Yamada viaja en metro, el hipnótico balanceo del vagón termina haciendolo sucumbir al sueño, evaporando sus planes de venganza.

Huelga decir que, durante esos momentos, el pobre muchacho da unas cabezadas de lo más divertidas.

lunes, septiembre 17

 

Mi vida en el fondo

Últimamente cometo menos errores.
Pero son más gordos.
Pero aprendo más de ellos.
Lo cual quizás es bueno. O tal vez no.
Quien sabe.
Pablo no sabe.

P.D.: Hoy he sabido que Napoleón hablando de estrategia militar, decía «On s’engage et puis on voit». O sea, que uno ha de enzarzarse y una vez en ello ver cómo sale del embrollo. A día de hoy, no estoy de acuerdo. Funcionando así, a todos nos termina llegando un Waterloo...

viernes, septiembre 14

 

Un febrero

Esto está sacado de algo que escribí un febrero, el último, a una persona de la que últimamente sé poco (a ver si con esto espabila).
Es curioso cómo con meses de distancia puedes leerte y no reconocerte. Ahí va una entrada larga y enlatada, para variar ...

"Últimamente sin saber muy bien porqué me escapo a la hora de comer y me voy caminando todo lo lejos que la hora y media y mis piernas me permiten. Camino ligero, con prisa. O al menos intentando aparentarla. Y lo observándolo todo. Al camarero que recoge vasos de la terraza con tedio. Al trajeado agente comercial ávido entrando al restaurante con un cliente. Al adolescente agilipollado que van en la scooter más ruidosa del mundo llevando el casco del revés, que se cruza con el transportista borrachín con la furgoneta destartalada.

Desde la distancia de mi rol de extraño con prisa observo como la gente se desloma día a día intentando resolver sus problemas, provocando sin saberlo (o a veces sabiendolo) los problemas de los demás. En mi ruta sonámbula de horas de comida escojo las calles por las que me meto guiado por criterios tan arbitrarios como "si camino por aqui me dará el sol y me apetece" o "no me gusta esa señora, me cambio de calle".

Muchas de esas veces termino la caminata en un parque al que hace tiempo mis zapatos caminaron solos. Es un parque bastante grande, casi en las afueras de esta pequeña ciudad con espíritu de pueblo grande a la que cada día me toca ir a trabajar. En él hay un lago, y césped. Y espacios abiertos. Y cipreses. Y cantidades ingentes de sol de invierno, ese del que apetece.

Todas esas cosas que siempre me han dado igual, principalmente porque la última vez que había pisado un parque en quince años era para bajar a mi perro (que en paz descanse) o para hacer mis primeros e inocentes botellones. A las horas a las que llego nunca hay nadie, con dos excepciones: Un grupito (afortunadamente lejano) de madres jóvenes que comparten secretos de madre jóven mientras sus hijos escenifican la versión entrópica y gritona del Circ du Soleil.
Y dos señores mayores, que comparten sendos bancos situados al borde de una gran extensión de cesped. No son amigos, o al menos no sé si se conocen porque no se sientan juntos. Pero siempre están allí.
Siempre me siento en el banco. Siempre me deslumbra el sol y noto como el sol comienza a calentarme la ropa. Siempre me arrepiento de no haberme traído un libro. Siempre me entra sueño, a veces hasta noto que doy cabezadas. Y siempre aparece una nube, que suaviza el sol adormecedor y me salva de acabar durmiendome en el banco y obligar a las madres a enseñarles a sus hijos la palabra "yonki". Entonces suelo incorporarme y observo a lo lejos a los dos señores mayores a lo lejos, arropado en observación por esa invisibilidad que te concede la víctima de tu voyeurismo cuando es un septuagenario miope sentado a setenta metros. Entonces me doy cuenta de que no hacen nada. De que permanecen sentados mirando a algún punto de fuga situado en el infinito enfrente de ellos.

Hago balance, recuerdo al camarero, al agente comercial, al adolescente gilipollas, al transportista alcohólico y a las madres de los niños acróbatas y llego a la conclusión de que estos dos hombres son demasiado viejos ya para molestar a nadie, y eso les excluye del juego. Y se resignan a ver crecer el césped. Y a hacer uso del banco de madera que han pagado con 65 años de religiosas aportaciones tributarias. Y estoy seguro de que ellos tuvieron sus pequeñas dosis de éxtasis material, eso que llaman triunfar en la vida. Probablemente cortejaron a la chica en edad de merecer más guapa de la aldea, y cansados de gastarse el jornal en bombones se acabaron casando con las que les hacía caso. Y se enternecieron bailando boleros de Machín y coreaban a Nino Bravo. Tal vez migraron a la capital, y medraron, y tuvieron a los veintidós un pequeño Morris descapotable que fué la sensación entre sus envidiosos compañeros de trabajo enlatados en Seisicientos. Y luego lo vendieron para pagar el piso en un barrio dormitorio en el que criar a las tres hijas y dos hijos que treinta y dos años después conspirarían para meterles en una residencia y quedarse con la pasta del piso.
Y a veces todas estas cosas te hacen cambiar de perspectiva. Y te das cuenta de que tu pieza en este puzzle tiene forma de interrogante . Y te vuelves otra vez atravesando el histérico maremagnum de claxons, cajeras de Schlecker e instaladores de telefonía y te preguntas qué sentido tiene echar más leña a la caldera si sabes que la vía está cortada. No importa que el socavón esté cerca o lejos, el hecho innegable es que tarde o temprano el tren descarrila y es una estupidez quedarte en la cabina suponiendo que a tí no te va a pasar eso porque tienes el íntimo convencimiento de que tu vía empalma directamente con la que lleva al País de la Piruleta.

Hemos de bajarnos, y saludar a los pasajeros con un pañuelo, deseandoles toda la suerte del mundo. Y tenemos que pisar los caminos, andar a nuestro ritmo y dejar que el barro de nuestros camales atestigüe que somos nosotros los que elegimos qué charcos pisamos. "

jueves, septiembre 13

 

Ex-sofá

Lo que son las cosas. Una vez lo he visto en la acera, junto al contenedor, completamente decontextualizado en ese entorno urbano, esperando a la brigada municipal de recogida de muebles, hasta he tenido un amago de añoranza.
Pero volver a subirmelo por las escaleras, ni de coña.
Uno es sentimental, pero no gilipollas.

Y además, pesa mucho.

sábado, septiembre 1

 

Lucidez

Hacía tiempo que no leía a nadie escribir con tanta lucidez sobre la cosa esta que es escribir un blog muchos años, y la forma en como se acaba metiendo en tu vida y tu vida se acaba metiendo en él. Y de cómo cambias, y de cómo te cambia, y de cómo cambia contigo.
Y de cómo de ese absurdo juego de matrioshkas enrevesadas la gente en ocasiones encuentra algo que valga la pena ser rescatado.
Y de cómo tú siempre lo encuentras, sin excepción.

Hoy el post no es mío, es de Aracne

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