A la gente que siempre estamos como el tiempo nos está vedada la residencia prolongada en países lluviosos, nos moriríamos del asco. O lo que es peor, terminaríamos acostumbrándonos.
No me gusta llevar paraguas por la misma razón por la que alguien con una leve cojera evita usar una muletas, renuncio a la comodidad del accesorio a cambio de ahorrarme el tenerlo de constante recordatorio. Y no es que no disfrute de la lluvia. Es sólo que si pasan muchos días sin un claro, una urgencia mal domesticada se me mete en los zapatos, necesito salir a la calle y buscar en el suelo rectángulos de sol para poder pisarlos.
Muerto el soporte, el formato ganará a la memoria por goleada en precisión de detalles y calidad de color. Y es probable que también gane a la realidad.
Creo que los de mi quinta recordamos en marrón y naranja y con planos entrecortados e inconexos porque así eran los álbumes y las películas familiares de cuando eramos críos; fotos de tonos terrosos con cantos redondeados, tiempo de cinexines y de superochos.
Los críos que crien los críos de ahora capturarán y compartirán en la red recuerdos en alta definición, con sonido cuadrafónico y envolvente. Será más fácil constatar que antes era todo más sencillo, que el tiempo no estaba tan loco, que las cosas eran más baratas y que las horas eran más largas. Será mayor el contraste y también la decepción.
Estamos acunando una futura y preparadísima generación de nostálgicos compulsivos e insatisfechos. Más o menos como la de ahora, pero con más y mejores pruebas documentales. Y con más nivel adquisitivo, eso seguro.
Te juro que lo intenté. Estudiar lo que aprobaba con facilidad, y no lo que me gustaba. Corresponder a quien me quería bien y no a quien me hacía encanecer.
Pero las cosas no siempre funcionan así, al menos no para todos, y seguro que no para mí. Es la suerte de los que podemos acelerar pero no sabemos cambiar de carril.
¿Y si las cosas no saben o huelen como debieran?¿ Y si alguien te decepciona hasta el punto en el que piensas que no es culpa suya, si no de tí mismo y de de tus expectativas torcidas?¿Qué haces, entonces?¿A quien protestas?¿Hay árboles suficientes para tantas hojas de reclamaciones desahuciadas?
Muchos matemáticos adoran los problemas irresolubles, o quedan hipnotizados por lo caótico e infinitamente impredecible de la secuencia de los decimales de algunos números.
A mí me pasa algo parecido, pero con las personas.
Creo que eso es lo más cerca que voy a estar nunca de ser un matemático.